Estábamos sentados en la peña que sobresale al charco de la sierpe en la quebrada la Perdiz, aquel 2 de noviembre de 1955 cuando la vimos: la historia comenzó así…

Ese 2 de noviembre mis padres me regalaron el único balón de fútbol que tuve en mi infancia y me lo regalaron, porque ese día cumplía 7 añitos y había sacado buenas notas en el colegio de Don Guillermo Gutiérrez.

Entonces con mis amigos de la calle 20 de Florencia organizamos un partido de fútbol contra el equipo del parque San Francisco y El partido se realizó ese día a las 3 de la tarde en la planada, campo de fútbol contiguo al charco de la sierpe en el barrio 7 de agosto que apenas se estaba formando.

Recuerdo que entre mis amigos estaba el mono Cérvulo Mora, Francisco Ríos a quien le decíamos «tarzán» porque era fornido y muy pequeñito, los hermanos Bello, Rey y Alfonso Vargas, el negro Oscar Ramírez y Alfredo Rueda, hijo del peluquero del Batallón Citriano Rueda, entre otros. Del equipo del parque San Francisco recuerdo Ivart Palacios, su hermano León, unos de los meneses que no recuerdo su nombre y otros.

Recuerdo que perdimos el partido 3 a 0 y a eso de las 5 de la tarde bajamos a la peña del charco de la sierpe a desacalorarnos para darnos el acostumbrado chapuzón.Entonces amigo Pedro Armario y amigo Elbert Monge sucedió lo increíble: de un momento a otro Tarzán nos gritó: debajo de la peña hay una gallina muerta.

Todos nos asomamos y efectivamente había una gallina revalsando en el charco al fondo de la peña; estábamos mirando cuando de repente con la velocidad del rayo, la cabeza de una gigantesca culebra apareció y se tragó la gallina. Luego con una velocidad inverosímil y por escasos 3 o 4 segundos apareció el cuerpo de la serpiente hasta desaparecer a toda velocidad mostrando una larga cola como de verrugas negras.Quedamos paralizados por el terror hasta que uno de los hermanos Vargas gritó corran, y paticas para qué las quiero, salimos disparados loma arriba hasta llegar al borde de la cancha.

Allí temblorosos y asustados mirábamos hacia el charco tratando de ver la enorme culebra, pero no había nada; el charco estaba tranquilo como siempre, con su agua negruzca y amarillenta.Tarzán, el más valiente de todos, bajó de nuevo y muy cuidadosamente hasta la peña a recoger el balón que por el susto se me había quedado. Lo cogió y subió de nuevo a la carrera, y todos asustados a eso de las 5 y media de la tarde regresamos a nuestras casas a contar el cuento de la sierpe que muy seguramente nuestros mayores no nos creerían

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