Con los ojos desorbitados la enorme iguana vio cómo su verdugo enarboló el cuchillo mientras una mujer la inmovilizaba desde el cuello hasta la base de la cola. El hombre sin ningún miramiento ni compasión comenzó a rajarla desde la base del cuello hasta el inicio de la cola procediendo a extraerle los huevos de su vientre y a depositarlos en una vasija, mientras que en medio del dolor infinito que este martirio le causaba, el individuo procedió a coserle la herida con aguja e hilo para luego dejarla en el piso en medio de dolores inconcebibles mientras que la mujer alegre contaba los huevos y hacía cuenta de lo que le pagarían por ellos en la carretera que comunicaba con la costa.

En una playa cercana un grupo de hombres, mujeres y niños, en un tropel inconcebible, capturan decenas de pequeñas tortugas que luego llevarían también a la carretera, para venderlas a los turistas, en un tradicional mercado de estos animalitos, mercados que se producen por esta época.

Son los asesinos de Semana Santa, son hombres y mujeres que sin Dios ni Ley se dedican por esta época, a destruir nuestra fauna, a torturar vivos a nuestros animalitos, con la disculpa de que no tienen dinero para comer y esta es una forma de conseguirlo.

El hombre es el peor destructor de su propio hábitat, el hombre produciendo leyes bobaliconas para conseguir votos cuando se avecinan procesos electorales, no ha sido capaz de producir leyes que protejan a los animalitos, que protejan a su entorno, permitiendo que a la vista de todos el espectáculo de los asesinos de Semana Santa, se siga presentando en las carreteras de la costa colombiana.

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