La humildad de la alegría de navidad

La humildad de la alegría de navidad

Uno por uno los niños se asoman a la casita para mirar con disimulo si ya va a comenzar la novena de aguinaldo, y en tropel llegan cuando la señora sale y les dice: la novena, a rezar la novena.

 Todos llegan con su alegría contagiosa, las niñas en su mayoría llevan una especie de chirimía hecha con tapas de botellas y los niños, algunos con chirimías e incluso uno lleva unas maracas para acompañar los villancicos.

 El pesebre es pequeñito, humilde, sin tantos arabescos ni arremuescos como los de muchos que en vez de rezar quieren ostentar; es un pesebre pequeñito, con algunas ovejas, cabras, un burrito, una vaca y un gallo sin gallina que lo acompañe; San José, la Virgen y el nicho donde nacerá el Niño.

 Y la novena comienza, uno a uno los niños rezan la oración de turno; llegan los villancicos y la alegría se generaliza, es un coro descuadrado de voces infantiles todos tratando de cantar más fuerte que los otros mientras las chirimías, las maracas y las tapas cumplen su cometido de acompañar aquel concierto de alegría inverosímil donde no queda el más mínimo resquicio para que se acomode la tristeza.

Luego la oración final y la admiración  de los niños admirando el pesebre pero mirando con disimulo hacia la cocina a la espera de que la señora llegue con su acostumbrada golosina.

 Cuando aparece todos como por arte de magia se acomodan en sus respectivos puestos y todos reciben con alegría su medio vasito de gaseosa con una galleta o un buñuelo, y en medio de la algarabía consumen la golosina mientras uno por uno abandonan la casa para salir corriendo donde otra vecina y así rezar una nueva novena donde habrá más golosinas. Es la humildad de la alegría de navidad.

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