Las inolvidables semanas culturales del padre Serna

Foto de facebook.

Quienes siendo estudiantes de secundaria tuvimos el privilegio de acompañar y ser parte del equipo de trabajo del entonces padre José Luis Serna Alzate, en la organización de sus inolvidables semanas culturales en los años 60 y 70, entendemos meridianamente que organizar un evento folclórico no es fácil, no se puede improvisar porque todo sale mal y ante todo, se necesita experiencia y un equipo de trabajo que funcione como un relojito y con anticipación para que los eventos resulten bien; hoy algunos de esos eventos, como los preciosos desfiles folclóricos, están terriblemente contaminados con el virus de la guachafita de la harina, el agua y la maicena que se tomó erradamente la mentalidad de los muchachos.

Los desfiles folclóricos de las semanas culturales de las que hablamos, eran verdaderamente folclóricos, regionalistas en el mejor sentido de la palabra porque cada colonia organizaba su carroza y su comparsa; llaneros con llaneros, paisas con paisas, huilenses con huilenses para que me entiendan; no se ponía a los empleados oficiales a apoyar esta o aquella candidata porque sí; no, en absoluto, cada quien acompañaba  su gente, la gente de su territorio, de donde habían venido; eso hacía que todos tomaran las cosas a pecho, las sintieran como propias y trabajaran en una sana competencia para ganarle en sus presentaciones a sus competidores.

El orden de los eventos, en especial del desfile de carrozas y comparsas, no estaba a cargo de la policía, ni de comités de logística donde todo el mundo se las da de importante, da órdenes a diestra y siniestra y por eso se arma el despelote; el padre Serna lo primero que hacía era nombrar a los dos capitanes de la policía cívica; eran dos estudiantes de quinto o sexto de bachillerato; un hombre y una mujer; esos dos capitanes, que tenían a su cargo a todos sus compañeros de curso, asistían cuatro y cinco meses consecutivos antes de los eventos, a todas las reuniones, para enterarse a fondo de qué se iba a hacer, para que transmitieran a sus compañeros la logística que se emplearía  y para que todos los organizadores se compenetraran con ellos; con Amparo Ossa Suárez y este humilde servidor fuimos capitanes las dos últimas semanas culturales.  

Los desfiles y los eventos eran controlados únicamente por la policía cívica y la gente aprendió a respetarlos y a seguir sus instrucciones; todos los integrantes de la policía cívica pasaban una vez por semana por todos los cursos de su colegio indicando qué se iba a hacer y qué se esperaba de la comunidad; así los estudiantes y los padres de familia se apersonaban de los eventos.

La música que se escuchaba en todas partes, desfiles y eventos, era colombiana, únicamente ritmos colombianos, ya fueran de la costa, el Tolima  Grande, Los Llanos, Antioquia, Santander, Boyacá, El Valle o cualquier otra parte del país, y los artistas que venían, también interpretaban música colombiana, tales como La Negra Grande de Colombia, Garzón y Collazos o las Estampas Negras de Cali, para no nombrar sino algunos pocos.

Si no retomamos estas experiencias, sino creamos conciencia en todas las instituciones educativas sobre lo que realmente es el folclor, los ríos de harina y espuma que destrozan los trajes confeccionados con tanto esmero para los desfiles y las fiestas, pronto serán un recuerdo del pasado y los festivales folclóricos necesariamente deberán llamarse la guachafita de la harina, el agua, la maicena y el mal gusto.

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