LA OPORTUNA COQUETERÍA

UN HISTORIAL INVEROSIMIL

Una de las quejas más reiteradas en mi consultorio, por parte de muchas de mis pacientes que se consideran olvidadas por sus maridos, tienen que ver con algo que es muy común en nosotras y que se nos olvida con el paso de los años, cuando la costumbre y lo cotidiano reemplaza el fuego de los primeros días: la COQUETERÍA.

Una de mis pacientes, a la cual llamaré Alejandra, una hermosa morena de ojos verdes y unas piernas enormes que hasta a mí me llaman la atención, me decía que su marido llegaba del trabajo, se quitaba la corbata y pasaba directo a la televisión sin saludarla siquiera, mientras que ella le entregaba el consabido jugo que a él le gustaba.

Y cómo le entregas el jugo, cómo estás vestida cuando él llega? Normal me dijo, con el delantal que uso cuando estoy en la cocina y con el pelo recogido en una moña porque me molesta para trabajar.

Mira le dije, no es que tu marido te haya dejado de  querer, lo que pasa es que tú no sabes atizar el fuego; colócate unos pantaloncitos calientes bien prometedores, una blusa transparente y sin sujetador de tal manera que se te insinúen esa montañas que tienes en el pecho cuando te inclines a darle el jugo, cepíllate y deja el cabello suelto, pero hazte la loca y ubícate entre él y el televisor cuando lo hagas.

Dicho y hecho, me contó después mi amiga, cuando el marido distraído trató de ubicar el vaso con el jugo, se encontró con esas dos enormes bellezas que asustadas temblaban en el pecho  de Alejandra y entonces bajó un poco la vista y se dio cuenta que los pantaloncitos que tenía apenas le alcanzaban a tapar una parte de la felicidad, incluso, algunos hilos de nostalgia asustados se asomaban.

Entonces tomó el vaso con la mano, y con la otra el brazo de Alejandra y la atrajo hacia el sofá y alelado con sus bellezas las destapó y comenzó a acariciarlas y pronto siguió hasta la felicidad, y mi amiga no recuerda cómo perdió los pantaloncitos calientes, porqué gemía como una loca y qué pasó después; solo recuerda que se despertó bañada en sudor, agitada como una fiera después de un combate y feliz, inmensamente feliz, y otro día les cuento lo que hizo otra de mis pacientes.

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