LA ANGUSTIOSA BÚSQUEDA DE JUAN PABLO

LA ANGUSTIOSA BÚSQUEDA DE JUAN PABLO
LA ANGUSTIOSA BÚSQUEDA DE JUAN PABLO
LADY JOHANA PALACIO GAVIRIA - abogada
Politecnico gran colombiano florencia caqueta
Politecnico gran colombiano florencia caqueta

Debido a las constantes muertes que se presentan por inmersión en el río Hacha, entre esas las de un pescador que falleció en días pasados en el charco del Puente del Encanto a la salida a Morelia, publico esta crónica que tiene como objetivo que el lector asimile las enseñanzas que me dejó la terrible experiencia del fallecimiento de mi hijo Juan Pablo y pueda ser tenida en cuenta en otros casos, toda vez que nadie está excepto de vivir una situación semejante

Son las 6 y 45 de la tarde de este fatídico domingo 7 de agosto de 2011; estoy en la sala de mi casa esperando que comiencen las noticias nacionales mientras mi esposa algunos metros más atrás se ocupa de algunos quehaceres domésticos; en eso llega Carlos Fermín Trujillo, amigo y ex compañero de Universidad de mi hijo, viene acompañado por su madre; toma una silla, se sienta a mi lado, me da la mano y me dice: profe, es sobre Juan Pablo…

Qué pasó? Le digo sobresaltado; parece que se ahogó, contestó con la mirada al piso; sentí una punzada en el pecho mientras mi esposa que acababa de escuchar la frase pegó un terrible grito: JUAN PABLO? NOOOOOO…

Tardé un minuto en reaccionar, no sabía qué hacer; mi esposa continuó gritando y preguntando, qué pasó, que pasó?

Más o menos en 10 minutos pude tomar conciencia de la situación; mi hijo Juan Pablo de 32 años de edad, Ingeniero Agroecólogo y docente de la Institución Educativa Marco Fidel Suárez del municipio de El Doncello, había desaparecido en un chorro, en el río Hacha, a la altura del balneario Villa Marta, a pocos kilómetros de Florencia, a eso de las dos de la tarde.

El salió de la casa a las nueve de la mañana, no dijo a dónde iba y según Carlos Fermín, se fue con otro “amigo” a baño a Villa Marta; él, preocupado por una llamada de mi esposa a una amiga de Juan Pablo, averiguó lo sucedido: a eso de las dos de la tarde mi hijo atravesó el río, se sentó en una peña y luego al volver, tomó la corriente muy cerca del chorro que lo arrastró y no lo volvieron a ver; más tarde supimos que un celador del aeropuerto lo había seguido por unas rocas a la orilla del río hasta que desapareció y que unos niños lo habían escuchado pedir auxilio, pero nada más.

Una prima del supuesto “amigo” con el que fue al río, dio aviso a la policía y una patrulla se acercó a lugar a indagar por lo sucedido; recorrieron una parte de la orilla del río y luego se fueron; eso sucedió a las dos de la tarde y a penas a las 6 y 45 conocimos la noticia.

Yo estaba en piyama y en un santiamén me vestí; lo mismo hizo mi esposa y salimos en el carro de Carlos Fermín a averiguar qué había pasado; fuimos a Bomberos y allí nos dijeron que habían escuchado algo pero no sabían nada en concreto; llamé al Comandante de la Policía y me dijo que le habían reportado algo sobre un posible desaparecido, pero nada más.

Llamé a mis hijos Carlo Fabián y José Alejandro que en pocos minutos estuvieron conmigo, José Alejandro llegó con su amigo Eduardo Castañeda quien desde ese momento se convirtió en nuestro apoyo, a Gustavo Adolfo, el otro hijo, también le avisé pero estaba en Neiva; lo mismo hice con mi sobrino César quien vino con otro sobrino, Diego, también apareció Jorge Castro, gran amigo de Juan Pablo; todos me hacían mil preguntas y yo tampoco sabía nada de nada; mi esposa era un verdadero mar de llanto.

Carlos Fermín que por casualidad tenía el número del celular del “amigo” con el cual Juan Pablo fue al río, lo ubicó; estaba en una tienda frente a la terminal de transportes tomando cerveza. Cuando llegamos me dijo que él no se había dado cuenta de nada, que se había quedado dormido y que después una amiga de él le dijo que Juan Pablo se había ahogado, que mi hijo había dejado un buzo y los tenis en la playa, le había entregado una plata a la supuesta amiga, se lanzó al río y de regreso de la otra orilla la corriente se lo había llevado; ubiqué la tal amiga que resultó siendo prima hermana del sujeto.

Ella me repitió la historia, al parecer el chorro que queda en ese balneario y que ha cobrado muchas vidas, había arrastrado a Juan Pablo; reaccioné pensando que mi hijo como buen nadador que era, podría haberse salvado y estar herido en alguna peña o en algún recodo; pensé en irme a buscarlo, pero los muchachos de bomberos me dijeron que de noche era peligroso y que a ellos, por seguridad, les estaban prohibidos los rescates nocturnos.

De pronto mi esposa se me acercó con una luz de esperanza en sus ojos anegados de lágrimas y me dijo: no será que se fue para el Doncello como lo ha hecho otras veces y se le olvidó llamarnos? Con esa luz de esperanza llamé al Doncello a mi primo Joselito Trujillo; “Chamito” le dije, Juan Pablo está desaparecido, posiblemente se ahogó en el río Hacha, pero tenemos la esperanza de que se haya ido para El Doncello, vaya búsquelo a su casa y me llama.

A la media hora me llamó, fue a su casa en el barrio El Cedral, no estaba, lo buscó por todo el pueblo, no lo encontró, definitivamente esa luz se apagó por completo.

Entonces mis hijos Carlo Fabián y José Alejandro, los amigos Eduardo Castañeda y Carlos Fermín y mis sobrinos César y Diego me dijeron: nosotros nos vamos para el río, llevaremos linternas y lo buscaremos desde el primer puente hasta Villa Marta, un trayecto por tierra de tres kilómetros que por el río se triplica; mientras tanto ustedes vayan a la casa y esperen; cada hora los llamamos.

Acepté a regañadientes porque yo también quería ir, pero no podía dejar sola a mi esposa; me fui entonces para la casa a esperar, una espera terrible, una angustia inenarrable, en cada llanto y cada lágrima de mi esposa, sentía que se me escapaba el alma a pedacitos; en muchos momentos me parecía ver llegar a mi muchacho con su tradicional sonrisa diciéndome: hola papi, cómo estás. Perder un hijo es como ver escapar la vida por un abismo insondable en donde la nada es el único consuelo que nos queda.

Perder un hijo es como ver escapar la vida por un abismo insondable en donde la nada es el único consuelo que nos queda

Llamé al Comandante de Bomberos y al de la Defensa Civil, coordiné con el primero la salida a las 6 de la mañana para iniciar la búsqueda, el Director de la Defensa civil me dijo que llegaría a Villa Marta a las 7 de la mañana con sus muchachos.

Mientras tanto, cada hora recibía un reporte negativo, cada hora era un grito más; los muchachos con linternas por la orilla del río lo llamaban con la esperanza de que contestara o que apareciera en algún recodo, pero nada; a las dos de la mañana llegaron a la casa terriblemente cansados…así amanecimos el primer día.

A las 5 de la mañana llamé a mi amigo Norberto Hurtado Director de la Emisora Cristalina Estéreo para pedirle que anunciara en el noticiero matutino la desaparición de mi hijo y pidiera a las comunidades en las riberas de río Hacha estar atentas; más tarde escuché la noticia. Desde ese momento los medios de comunicación me apoyaron, con la excepción de un periódico amarillista que no hizo más que publicar un grotesco fotomontaje y especulaciones absurdas y morbosas; ojalá que aquellos irresponsables que hicieron eso, nunca tengan que vivir en carne propia un dolor semejante.

SE INICIA LA BÚSQUEDA

Antes de las 6 de la mañana del lunes siguiente ya estaba en bomberos acompañado de mi esposa, mis hijos, de los amigos de Juan Pablo Carlos Fermín, Eduardo y mis sobrinos César y Diego; a las 6 y 30 llegamos a Villa Martha; abrí la puerta que tenía una cadena sin candado y seguimos al río por una especie de brete que utilizan para cobrar la entrada como si el río no fuera público, pero además, observé una doble cerca de alambre púas entre la playa y la carretera pegada al río con 11 hiladas para que nadie pueda pasar y todo el mundo tenga que entrar por el angosto camino donde cobran; acaso los ríos y sus playas son privados? que tal una avalancha y el río lleno de gente? Cómo sería la tragedia?

Cuatro muchachos del cuerpo de bomberos con mis hijos, los dos amigos y mis dos sobrinos ingresaron al agua, a la altura de los caudalosos chorros por donde desapareció mi hijo; mientras tanto mi esposa lloraba desconsolada y yo caminaba por las peñas tratando de taladrar con la mirada las profundidades del río en busca de mi muchacho.

El chorro unos metros más abajo del charco donde la gente acostumbra a nadar, es de verdad muy caudaloso, tiene una fuerza impresionante y en sus comienzos, como debería serlo, no existe una cuerda o un lazo de lado a lado del río como protección a los bañistas; estoy seguro que mi hijo, cansado cuando lo cogió el chorro, bien pudo asirse a esa cuerda y salvar su vida; en Villa Marta según me confirmó un empleado que solicitó reserva, no tienen ni un solo flotador, un neumático o algo por el estilo; menos un salvavidas; es una irresponsabilidad total y cobran mil pesos la entrada por persona con el argumento que la gente va a la piscina, pero en realidad todos cogen para la playa donde quedan encerrados en una trampa mortal, en caso de una creciente súbita, puesto que las alambradas de púas evitan el paso masivo de la gente.

A las 7 y 30 llegaron los de la Defensa Civil; inmediatamente ingresaron al río y me pidieron que me fuera al primer puente a establecer un centro de operaciones para que yo lo coordinara vía celular; así lo hice, me fui para la playa del primer puente a esperar nerviosamente; aún tenía la secreta esperanza de un milagro y encontrar en alguna parte a Juan Pablito vivo…

Como a las 9 de la mañana llegó mi amigo Fidel Murillas, un mecánico de motos, amigo como el que más; me entregó las llaves y los documentos de su carro para lo que se me ofreciera, se colocó pantaloneta, una careta y se fue a buscar el primer equipo de rescate a Villa Marta; desde ese momento conté con un nadador experto.

Algunos nadadores expertos de la región me aseguraban que Juan Pablo tenía que estar a pocos metros del chorro de Villa Marta donde hay piedras gigantescas con cuevas muy profundas; esta afirmación me obligó a concentrar equipos y esfuerzos en ese sector; información valiosa para cualquiera que se vea en una situación como esta

A las 9 y media recibí una llamada de mi hijo José Alejandro; habían salido del río a la altura del sitio conocido como Las Garzas, sin ningún resultado, con frío y con hambre; no había pensado en eso, la logística; inmediatamente en el carro de mi amigo y en el carro de mi sobrino los recogí y los llevé a un barrio que queda cerca al primer puente; en un supermercado les brindé pan, gaseosas y salchichón, ese fue el primer desayuno para 15 personas.

Fidel Murillas se unió al equipo de la Defensa Civil mientras mis hijos, Carlos Castañeda y mis sobrinos se unieron a los bomberos y comenzaron una búsqueda meticulosa, piedra por piedra, peña por peña, charco por charco; en ese sector del Hacha existen muchos chorros, piedras gigantescas con inmensas cuevas, en cualquier parte tendría que estar mi hijo.

Mientras tanto llamé a mis amigos Rafael Plata y Rodrigo Plata para que me ayudaran a monitorear en el primer puente a la entrada norte a Florencia y el puente de El Encanto a la entrada sur, cosa que hicieron inmediatamente; acto seguido llamé a la alcaldesa de Florencia quien en esa época era mi Jefe y le solicité su apoyo personal para la búsqueda; desde ese momento conté con un bote con motor fuera de borda desde el barrio La Floresta hasta Puerto Arango, incluso en una oportunidad bajaron hasta Milán buscando a mi hijo.

Mientras tanto mi esposa y yo caminábamos por la playa debajo del primer puente, que entre otras cosas estaba llena de basura por los desperdicios dejados el día anterior por cientos de bañistas; el celular era nuestra comunicación continua con los equipos de rescate y la familia en Neiva, Bogotá y Villavicencio.

Un muchacho llegó a eso de las 11 de la mañana, me preguntó dónde podía dejar la ropa, le dije que en la casita contigua al puente; se puso pantalonetas, preguntó dónde estaban los equipos de rescate y se dirigió al río; todo el día trabajó y no me dijo su nombre ni nada, solo me dijo: yo era amigo de Juan Pablo.

Al medio día reuní a los equipos, mis hijos, los amigos, mi hermano Edgar y mis sobrinas Marcela y Yudy en la casita del primer puente para el primer almuerzo; no descansaron más de media hora y de nuevo continuaron la búsqueda.

Mucha gente llegó a la playa donde estábamos, muchos amigos y vecinos de mi casa en el barrio Versalles de Florencia, todos con la intención de ayudar, las especulaciones abundaban sobre el paradero de Juan Pablo, pero los nadadores expertos, incluyendo un primo de mi esposa, coincidía en que él debía estar en alguna cueva cerca al sitio donde lo vieron desaparecer.

A las 6 de la tarde, después de una espera angustiosa, con los nervios de punta, caminando como un loco por las playas, las peñas y los puentes, nos reunimos con los equipos de búsqueda en el primer puente; el río estaba algo crecido y era peligroso continuar de noche, además los nadadores necesitaban urgentemente un descanso; con la promesa de encontrarnos en ese lugar al otro día, a las 6 de la mañana, abandonamos ese lunes la búsqueda.

La espera hiere como una daga filosa que se clava en lo profundo del alma

Otra noche en vela, otra noche terrible junto a mi esposa, un jarro de café y los recuerdos de nuestro muchacho, una noche en la cual las horas caminaron tan despacio que creíamos que nunca amanecería; la espera, hiere como una daga filosa que se clava en lo profundo del alma.

LADY JOHANA PALACIO GAVIRIA - abogada

Conociendo el amarillismo del periódico “Extra” de reciente circulación en Florencia, llamé a sus periodistas y les pedí el favor de que no fueran a publicar fotos del cadáver de mi hijo cuando lo encontráramos; me dieron su palabra que no lo harían, con esa promesa calmé un poco las expectativas que en ese sentido tenían mis hijos, mis sobrinos y mi esposa.

Esa noche llegaron de Bogotá mis hermanos Fabio y Jaime, mis sobrinas Pilar Andrea, Diana Carolina y Jennifer; mi hijo Gustavo Adolfo y mi hermano Eduardo llegarían en la mañana siguiente.

UN NUEVO DÍA DE BÚSQUEDA SIN EL APOYO DE LA DEFENSA CIVIL

A las 6 de la mañana estuvimos de nuevo en Villa Marta con el equipo del cuerpo de bomberos; 4 muchachos con mi hijo José Alejandro, su amigo Eduardo, mis sobrinos César y Diego, acompañados por mi amigo Fidel Murillas, reiniciaron la búsqueda en el mismo chorro donde comenzamos el día anterior y donde desapareció Juan Pablo.

Todos los pescadores y conocedores del río me decían que debíamos repasar ese pedazo toda vez que había muchas piedras gigantes con cuevas y por lo general, los que se ahogan en Villa Martha aparecen muy cerca de ese sitio.

A los pocos minutos llegaron mis hermanos Fabio y Jaime que venían de Bogotá con mis sobrinas Pilar Andrea, Diana Carolina, Jénnifer y Hasbleidi que llegó desde Villavicencio; más tarde llegó mi hermano Eduardo y mi hijo Gustavo Adolfo.

A las 7 de la mañana preocupado por la demora del equipo de la Defensa Civil llamé a su Director el Ingeniero Jairo Escobar quien me dijo que no había podido reunir a los muchachos porque eran voluntarios, además de carpinteros y debían entregar unos trabajos o perdían el puesto.

Entonces mi sobrino César que en esos momentos había llegado por algunos implementos me dijo: Tío, no hay de otra, tenemos que contratar nadadores y pescadores expertos; yo conozco a dos.

Le dije que fuera por ellos y yo comencé a llamar a otros que el día anterior había contactado; en una hora tenía dos equipos más en el río peinándolo desde Villa Martha, pasando por el balneario conocido como Casa Campesina hasta el primer puente a la salida de Florencia.

La meta era buscar meticulosamente donde decían los baquianos, antes de continuar desde el primer puente hacia abajo, pasando por los barrios ribereños de Florencia hasta el puente El Encanto y desde ahí a Puente López.

A las 10 de la mañana alguien me llamó para decirme que al parecer habían encontrado un cuerpo en el sitio conocido como “La Bronca”; le avisé a mi hijo José Alejandro quien aprovechó con su equipo para tomar un descanso en “Las Garzas” mientras yo confirmaba o desmentía la información.

Falsa alarma, la búsqueda sigue, me desespero aún más con las historias de los lugareños que nos hablan de desaparecidos por más de 8 días y que los han encontrado muy lejos, incluso en el río Orteguaza.

Mi esposa arrecia su llanto cuando surgen amenazas de lluvia; si el río crece y se pone turbio, la búsqueda es casi imposible y solo queda esperar; eso nos atemoriza a todos.

Un poco antes del mediodía sale al primer puente el equipo de bomberos; sin noticias, cansados y sedientos; toman un refrigerio y deciden continuar río abajo hasta el sitio conocido como La Bronca donde les llevaré el almuerzo.

Rápidamente con un hermano voy a Florencia a comprar los almuerzos y llego al primer puente a eso de las una y treinta de la tarde; mis sobrinas y mi esposa reparten mientras comienza a llover; algo muy delicado para todos.

Estoy recibiendo un reporte del bote que está río abajo cuando llega mi sobrino César que estaba en el equipo cerca de Villa Marta; apenas lo veo le ofrezco almuerzo y me dirijo a la cocina de la casita a pedir un plato prestado; él me sigue y muy prudentemente me dice: Lo encontramos Tío, está muy cerca de Villa Marta.

Quise gritar de la emoción pero instintivamente me acordé de mi esposa y de todo lo que había planeado hacer cuando llegara ese momento; entonces le dije a César que muy disimuladamente le comentara a mi nuera y mi sobrina que estaban con mi esposa y la entretuvieran mientras yo iba al sitio donde lo encontraron.

Quería ver cómo estaba, en qué condiciones, si estaba presentable para que mi esposa lo viera o si era mejor no dejarlo ver de ella. Tomé una bolsa con almuerzos y le dije que me iba con César y Fabio a llevarles la comida a los equipos de arriba.

Ella asintió mientras salíamos como una bala en el carro de César y yo llamaba vía celular a unos amigos y familiares pidiéndoles apoyo y a su vez diciéndoles que nadie le dijera la noticia a Bertha, mi esposa; llegamos a una casita a la orilla de la carretera muy cerca de Villa Martha y comenzamos a descender por un barranco hacia el río.

En el camino César me dijo que José Alejandro lo había visto desde la orilla en el fondo del río cuando ya iban a abandonar la búsqueda en ese sector después de haber revisado las cuevas de varias piedras gigantescas; estaba en un banco de arena, en el fondo del río a unos tres metros de profundidad.

Al llegar penosamente a la orilla, con el corazón en la mano y los ojos anegados en lágrimas por la certeza de la muerte de mi muchacho, lo vi; lo habían acercado a la orilla y estaba medio sumergido con los bracitos en el pecho y su carita mirando sin ver la eternidad.

No había rebalsado por los gases como inescrupulosamente publicó al otro día el periódico Extra con una foto que no era la de él; una irresponsabilidad que no perdono porque es una forma de vender periódicos con el dolor ajeno; es un morbo inconcebible que no tiene nada de periodístico.

No pude seguir; he tenido problemas cardiacos y sentí una fuerte opresión en el pecho; me senté en un tronco a ver a mi hijo José Alejandro en una piedra cuidándolo y tiritando de frío acompañado por su amigo Eduardo; JUAN PABLITO EN EL AGUA como si estuviera descansando, como si se fuera a levantar de un momento a otro como cuando íbamos a nadar.

Tuve que regresar a la casita ayudado por mi sobrino Diego; tenía que decirle a Bertha, a mi esposa, a la mamá quien es la que lo ha llevado desde siempre en las entrañas.

Entonces se desató una terrible tormenta; los árboles bramaban impulsados por el viento y el río tronaba con más fuerza como negándose a devolver a mi hijo.

LO ENCONTRAMOS AMOR…

Entonces volví al primer puente con algunos amigos, no recuerdo cuáles; luchaba por contener la emoción y las lágrimas, llegué donde mi esposa quien llorando me dijo: comenzó a llover, ahora no lo encontramos…

No sé cómo me serené, comencé a decirle que lo más importante era encontrarlo, que si lo encontrábamos podíamos sentirnos mejor y agradecerle a Dios por permitirnos al menos darle cristiana sepultura; ella asintió, entonces le solté la estocada: LO ENCONTRAMOS AMOR…

Ella pegó un grito y me abrazó llorando, todos los que estábamos en la casita rompimos en llanto, todos sin excepción; entonces ella me dijo vamos, vamos a verlo.

Traté de convencerla primero que esperara en el puente, segundo que no bajara al río por lo peligroso del barranco y tercero porque temía que ella se lanzara al agua porque Juan Pablo aún estaba al otro lado.

Nos fuimos a la casita; ya todo el mundo estaba arriba; por el camino llamé al Comandante de Policía Caquetá dándole la noticia y solicitando la presencia de los agentes de la Sijin para el levantamiento.

Cuando llegamos coordiné con los pescadores el paso del río hasta la orilla opuesta donde estaba con el fin de colocarlo en un sitio seguro mientras llegaba la autoridad; la tormenta que estaba pasando presagiaba un aumento de caudal del río como efectivamente sucedió.

Mis hermanos y sobre todo mis hijos convencieron a Bertha de no bajar al río por el peligro que representaba el camino; acordamos que lo veríamos un segundo cuando lo subieran mientras los amigos y familiares impedían la toma de fotografías a los gallinazos del Extra que reciben una suma por cada imagen descarnada que publican.

A las dos horas, a eso de las cuatro de la tarde llegó la Sijin y se hizo el levantamiento; luego lo subieron a la casita; el dolor fue inenarrable, nos confundimos en un estrecho abrazo mi esposa, mis hijos, mis sobrinos, sobrinas, amigos y demás familiares; no lo dejaron ver, yo preferí eso porque ya le había visto una herida en la cara y quería que mi esposa conservara la imagen que tenía de él.

Así fue la BÚSQUEDA DE JUAN PABLO, esta es la verdadera historia, la publico para desmentir las especulaciones mal intencionadas del periódico de marras que tanto daño nos hizo, la publico para que cada cual saque conclusiones, para que se haga algo con esos balnearios y estaderos que no tienen ninguna señalización de peligro en el río, no tienen salvavidas, ni siquiera flotadores, la publico para que las autoridades hagan cumplir la Ley y destruyan las alambradas que se convierten en trampas mortales en el momento de una corriente súbita, lo hago como agradecimiento a todos aquellos que de una u otra forma me colaboraron en su búsqueda, y ante todo como un homenaje a mi negro, a mi pequeño Juan Pablo que se llevó con su muerte la mitad de mi alma y lo poco que me queda de vida…

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