Entre la paz y la guerra, entre la vida y la muerte. el dilema de las víctimas

ENTRE LA PAZ Y LA GUERRA
Fotografía: kamiloArdila

La diatriba es más que dualista, pega en el punto central de la existencia de cada víctima del conflicto en Colombia, de los victimarios y de los patrocinadores de la condición acumulada de esta nación. Es la diatriba entre un pasado con experiencias hondas, dolorosas, reiterativas que acumulan una decepción tras otra en las que se ha aglutinado un amplio capital negativo de incredulidad, de desconfianza. La diatriba evoca el mito de la caverna de Platón en la que el hombre solo puede avistar sombras fuera de ella, un mundo de ideas que por generaciones no  han contado con experiencias reales que permitan decir con certeza que es el camino correcto porque no hay colombiano que pueda dar fe de una paz al interior del territorio, que permita tan solo hablar de gobiernos democráticos porque por décadas la democracia se ha ejercido desde el Estado de Sitio o de Excepción o creando los Teatros de operaciones.

El dilema se complejiza en medio de una democracia que va de la emulación al proteccionismo y salta, al ritmo de la geopolítica internacional, a la democracia liberal en la que los meta discursos se quiebran, donde los proyectos de mediano y largo plazo se sustituyen por el proyecto inmediato, por el corto plazo y esta teleología rompe el interés común y afianza el individualismo potenciando el egoísmo y la competencia como el “eidos” de las democracias liberales. Es decir que se afianza el hombre en la caverna porque para hacer el tránsito hacia ese mundo de las ideas se requiere de un componente de fe y confianza en el mediano y largo plazo y la sociedad actual y los medios de comunicación que viven de dato en dato impiden la mediación de la reflexión para  que cada individuo alcance al menos a formar su propio criterio, su reflexión crítica sobre los asuntos que afectan su entorno. Lo inmediato piensa por el individuo y genera estímulos para que este actúe de acuerdo con la conducta esperada.

La postmodernidad nos llegó sin haber vivido nuestra modernidad. Dimos un salto de un Estado medieval controlado por un fe dominante y por grandes poseedores de tierras, hacia un Estado formalmente laico que apunta, también de manera formal,  a la sociedad del conocimiento para ingresar al selecto club de la OCDE, pero con el lastre de un conflicto eminentemente rural  originado en la lucha por la tierra y la equidad, sin que las elites lo reconozcan de esta manera y con estas mismas élites controlando los  medios de construcción de imaginarios sobre el grueso de la población. La otra interpretación de la guerra en Colombia la ofrecen los dueños de los medios que a su vez son los dueños del poder acumulado por décadas en favor de una pequeñísima minoría.

Acercamos el foco de la diatriba sobre la paz y la guerra y nos vamos a la percepción de la víctima, cercado por los condicionantes ya enunciados: vive en una sociedad formalmente laica pero con profundos constructos religiosos ortodoxos, está formalmente inserto en la sociedad del conocimiento pero desplazado de sus tierras y su comprensión de la producción es escasamente artesanal y de subsistencia, los programas sociales del Estado inducen a la competencia para que se inserten en la sociedad de mercado, pero en la iglesia reciben los valores de la solidaridad, queremos la paz pero la competencia que nos enseña el Estado es per se una guerra dentro del mercado para que sobreviva el más fuerte, queremos la paz pero la única experiencia que tenemos es la guerra y el conflicto, se plantean caminos en el mediano plazo pero los productos que exige cotidianamente la sociedad a cada individuo son inmediatos y de corto plazo, se nos pide que como victimas perdonemos pero no se avista que se nos haga justicia o por lo menos la pedagogía es demasiado precaria.

La paz en Colombia como consecuencia de un tratado de dejación de armas firmado entre el Estado y las fuerzas insurgentes exige varias etapas, pero los opositores a este proceso permanentemente cuestionan la falta de resultados tangibles e inmediatos y lo más difícil es que cuentan con todos los medios para hacer una contra pedagogía del proceso y tal metodología cae en terreno fértil: las victimas somos muy propensas a desear que alguien nos haga justicia o en el peor de los casos a hacerla por nosotros mismos cuando vemos que el Estado es precario.

La pedagogía de la paz tiene un nudo critico en la manera como debe decirle a las víctimas y a aquellos que se oponen al proceso, porque han vivido de la guerra, de qué manera el nuevo panorama que se deriva de los acuerdos de la Habana va a ser mejor que este, de qué manera un Estado que incluye a la vida civil a los guerrilleros va a ser mejor para las víctimas que aquel Estado que manejo el discurso de combatirlos. En esta pedagogía también existe la dificultad para explicarnos la manera como efectivamente se garantizará que la paz es mejor que la guerra cuando lo inmediato, que es difundido por los medios, obviamente controlados por los que siempre han usufructuado el poder en Estado de Excepción, nos indican que la economía, el empleo, la inflación, el déficit fiscal, etc está descontrolado.

Sin embargo y a pesar de estos componentes del dilema que parecieran hacer ganar el contra discurso a la paz en el imaginario de las víctimas, también hay que imaginar que tanto el Estado como los grupos guerrilleros han aplicado la máxima romana: “SI VIS PACEM, PARA BELLUM”, “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Es decir que tanto Estado como guerrillas se han fortalecido militarmente por si fracasan los diálogos o por si no se aprueba lo que se ha acordado y esto, más que un chantaje, es una realidad a la que se somete todo grupo humano que por décadas ha resuelto de manera violenta sus diferencias y luego de no encontrar salidas efectivas por este medio decide explorar el dialogo. He aquí la nueva diatriba: como decido vivir en medio de la guerra? Y la pregunta es más para la clase media y para los pobres que para los dueños del poder en el país que, entre otras cosas, son ciudadanos internacionales y fácilmente cenan en Bogotá y desayunan en Miami.

El dilema de cómo  vivir en la guerra ya baja de estrato social, ese no es preocupación de los que tienen sus capitales fuera del país o los pueden retirar, es un dilema nuestro porque no solo tendremos que hacer parte de la guerra, así sea como víctimas, que lo hemos sido, sino también como actores en un momento dado porque en este país los que más promueven la guerra no envían a sus hijos a combatirla. Sin embargo no resulta fácil hacer una reflexión profunda al respecto cuando todos los días nos bombardean mediáticamente y por redes sociales con una versión onírica del país cuando no había diálogos de paz y el Estado opto por la guerra. La versión de una pasado reciente mejor que el presente no es cierta, salvo por la bonanza económica que tuvo el país, sin embargo esto poco impactó la disminución de los indicadores de pobreza y de justicia social.

El dilema de votar en contra de los acuerdos de la Habana pasa por un corazón hinchado de rabia cuando alguien habla lo que nosotros queremos oír en materia de justicia, que los envíen a la cárcel y que paguen por sus crímenes, pero cuando nos damos cuenta que pasaron décadas y los ocho años anteriores a este gobierno buscando vencerlos por la vía armada sin lograrlo, cuando entendemos que las fronteras de Colombia con Venezuela son muy porosas con más de 2.500 kilómetros, que lo mismo ocurre en las fronteras con Brasil, Perú, Ecuador, encontramos que esto es más complejo que la rabia que nos hacen sentir los que anuncian su solución milagrosa a lo que más afecta nuestra sociedad.

El dilema de votar contra los acuerdos de la Habana también pasa por un análisis calmado de las finanzas del Estado que nos lleva a preguntarnos qué tan sostenible es la guerra para una economía con un servicio a la deuda tan enorme, que acumula gastos de guerra sin resultados al lado de grandes escándalos de corrupción no solo dentro de sus fuerzas armadas, sino en su dirigencia por donde también se fugan con frecuencia los recursos que podrían destinarse a potenciar la productividad primaria, la salud, la educación. Esas grandes pérdidas que se resumen en la corrupción son las que impiden una reparación social y que con frecuencia los que hacen la contra pedagogía de los acuerdos de la Habana no le dicen al pueblo porque tienen la virtud de no reconocer que la guerra, la corrupción y la injusticia social hacen parte de todo un gran problema que afecta al país y a las naciones vecinas que tampoco toleran más la exportación a sus territorios de nuestros problemas internos.

Hilemos ahora si más delgado: al Estado pre moderno de los terratenientes y fieles de la devoción ortodoxa en la que su dios los bendice por tener muchas tierras, muchos ganados y muchos años, poco le importa los condenados de este país porque algún pecado de lujuria habrán cometido por allá en la sexta o séptima generación y se merecen vivir así. Tal constructo hace que su posición no solo sea intransigente, sino que intentaran convencer soldados para la guerra que ellos podrán financiar con los recortes a la salud, a la educación, a saneamiento básico y a cambio entregaran unos subsidios condicionados con un discurso en favor de la defensa de  la patria  y en pro de la competencia como mecanismo para avanzar en un país de propietarios; de esa manera se profundiza el interés individual y el egoísmo como el motor de la economía de mercado por acumulación en la que los de abajo se benefician de la copa rebosada de los inversionistas que llegan al país acompañados de la seguridad que brinda el Estado.

En un país con un sector primario débil, con poca infraestructura y con una agroisdustrializacion muy mínima, los únicos inversionistas que llegan son los de las actividades extractivas: petróleo, minería, bancos y una que otra maquila. En ese orden la copa nunca se les va a rebosar para que por derrame caiga a los de abajo un incremento en sus ingresos, siempre estarán exportando capitales y acá quedaran lo efectos que siempre dejan las economías extractivas: ecosistemas desolados y compromisos de compensación ambiental que nunca se cumplen. Con esta realidad, la seguridad que debe brindar el Estado a todos los ciudadanos, se concentra en la seguridad a los capitales foráneos para que extraigan sus riquezas y el grueso de la población seguirá en el circulo vicioso de intentar salir de la pobreza con el discurso de la competencia en donde unas pocas familias se pelean entre muchas los pocos subsidios orientados a bancarizar los pobres y en el mejor de los casos dan el salto de pobres extremos a vulnerables y es en este momento cuando no hay apoyo estatal, generando un  regreso a las condiciones iniciales.

El dilema entonces se mantiene entre la vida y la muerte, eso depende de la fidelidad al Estado y de la incorporación de los valores del mercado, pero  más allá de una democracia sumergida en una sociedad de mercado está el hecho cierto de la sostenibilidad de un modelo excluyente que no tolera la banca multilateral que mira con preocupación una escalada de la violencia que desencadene en declaratoria de insolvencia y una comunidad de naciones vecinas que tampoco tolera la exportación de los conflictos internos colombianos porque desajustan sus frágiles tejidos sociales. Como hacer entonces para darle salida al conflicto en Colombia por la vía de la muerte y de la guerra, pero a la vez mantener la confianza de la banca multilateral y de las naciones vecinas? Como hacer para que nos admitan en la OCDE sin resolver el reiterado estigma al Estado colombiano por no dar solución a la crisis de los derechos humanos?

Entre tanto y mientras se avanza a un acuerdo definitivo de paz que ya inicio con una resistencia civil acompañada de firmas, las victimas tomaremos diferentes posiciones: o sentirnos interpretados en la rabia que nos aviva la resistencia civil o imaginar un poquito más allá del presente como viviremos en guerra o en paz y que opciones tenemos de vivir o de morir.

El dilema de las victimas tiene que ser resuelto por una pedagogía de la paz que diga con claridad lo que ocurrirá con nosotros pero también con los victimarios, que nos explique cuál es la rentabilidad de la paz frente a la guerra, que nos permita una reflexión pausada para una decisión consciente frente al futuro, algo así que nos permita que las sombras que miramos desde la caverna corresponden a una realidad cierta y posible en el mediano plazo y para ello el actual Estado colombiano tienen que ser más mediático en su pedagogía para alcanzar a equilibrar la  agresiva publicidad opositora. Esto va a permitir que los ciudadanos y especialmente las víctimas, a pesar que tengamos rabia, también tengamos un criterio propio no manipulado al momento de decidir sobre nuestro futuro y el de las generaciones venideras en materia de paz o de guerra.

paz en colombia

Fotografía: KamiloArdila

Como víctima me mantengo en medio de sentimientos encontrados: de rabia por un Estado precario que no nos ha hecho justicia y de esperanza porque la reflexión me lleva a entender que no hay otro camino que la salida negociada. La rabia se me pasa cuando entiendo que el Estado de los diálogos de la Habana es el mismo de aquellos que se le oponen que han sido ineficientes a la hora de impartir justicia, que tampoco pudieron vencer por la fuerza a la guerrilla y que por el contrario ocultaron en la guerra contra las FARC toda una cantidad de corrupción y de injusticia que alcanzo delitos de lesa humanidad al lado de los mismos a quienes decían combatir. La esperanza me surge en medio del embate mediático contra los diálogos de la Habana que muestran su debilidad ante un análisis más tranquilo y menos calenturiento de la realidad del país.

Es necesario abordar el asunto de la guerra y la paz con mucha más madurez y seriedad que con la que se toma un partido de nuestra selección de futbol, porque los medios han reducido la paz y la guerra a un dato más y resulta que lo que se está negociando es de una importancia enorme como para dejarlo a la interpretación de una modelo o presentadora de noticias de farándula, para dejarlo a la interpretación de los empleados de los grandes grupos económicos, o la interpretación de una franquista que decidió prologar el libro del jefe de los paramilitares en Colombia. Tampoco podemos dejar la interpretación de los acuerdos de la Habana al semanario Voz, a lo que diga Iván Cepeda o la señora del turbante. Se trata de nuestra propia existencia como víctimas y para ello decidiremos de forma diversa pero con responsabilidad y tenemos las opciones de la náusea y el asco por los victimarios y por el Estado que decidimos romper mediante la forma de la guerra; o decidimos la indiferencia, la ataraxia griega en la que nada nos turbe para no saber nada del pasado ni del futuro donde cabe la teoría del suicidio de Schopenahuer, o resolvemos lanzarnos al camino de la esperanza, de la vida de los pueblos alternativos que se niegan a que occidente les trace su futuro, por una Colombia con raíces amerindias que mezcla la esperanza con el amor por el territorio, la defensa y el cuidado de su entorno  desde una epistemología distinta a la acumulación y a la competencia, desde una epistemología eco sistémica y de la solidaridad por el otro y por lo otro.

Abordar la diatriba de la paz y de la guerra, de la vida y de la muerte, requiere una mirada holística a nuestra historia, requiere indagar por causas, efectos, consecuencias y mecanismos de manipulación, requiere indagar por los indicadores de equidad y justicia de nuestro país frente a otras naciones, requiere indagar por las oportunidades de educación, salud, vivienda, y por todos los derechos sociales y la manera como se han planteado y se desarrollan en medio de lo que tenemos como Estado Social de Derecho, haciendo cruce de cuentas con nuestras rentas, con nuestra generación de riquezas, con nuestros recursos naturales, con la eficacia de la justicia al momento de resolver los asuntos de la corrupción. Es necesario mirar la equidad entre las regiones, la posibilidad de acceso a las instancias del poder de los colombianos y la manera como este se ha ejercido. Esa decisión frente a la paz exige mucha reflexión y liberarnos de la mediatez a que está siendo sometido el proceso.

Sin duda la guerrilla constituyó por años una acumulación de bienes, capitales, armas y muertes al igual que los grandes capitales. Ya lo dijo Marx al referirse al capital acumulado como sangre acumulada. Nuestra decisión sobre la paz o la guerra, sobre la vida o la muerte, está lejos de bendecir a unos y condenar a otros. Sin duda los dos serán condenados por nosotras la víctimas y por una historia contada con la mayor objetividad posible; sin embargo el circulo vicioso que nos ha llevado a poner los muertos, la sangre acumulada que enriquece a los actores de la guerra, se tiene que romper y de una manera que permita construir en el tiempo un proceso virtuoso de humanidad, de equidad, de justicia y de oportunidad para más y más colombianos en la medida en que pasamos de ese Estado Social de Derecho formal a un Estado real que haga efectivos los instrumentos legales con que cuenta y evite ponerle la trampa a los pobres a cada momento que hay la reclamación de derechos. Es necesario que los derechos fundamentales tengan un mayor valor frente al principio del equilibrio fiscal que se ha elevado a rango constitucional para argumentar la imposibilidad del Estado para cumplir con sus responsabilidades.

La diatriba se va decantando en el imaginario de las víctimas en la medida en que se establecen diálogos abiertos marginados de posiciones ortodoxas para argumentar y contra argumentar en favor o en contra de los acuerdos de la Habana, para imaginar nuestras vidas en el futuro inmediato en medio de la paz o de la guerra, para hacer análisis reales de nuestro pasado reciente dando a cada cual las responsabilidades que le competen sin necesidad que nos estén repitiendo desde los medios de los dueños del poder actual lo que quieren hacernos creer. Este ejercicio es necesario y ayuda a una decisión madura y responsable con el pasado, con el presente y con el futuro  de nuestro país y más específicamente con el futuro de nuestras generaciones y de nuestras familias. Por lo menos en mi caso puedo decir que si no tuve el derecho y la oportunidad a que se me garantizara una educación, una salud, una vivienda, unas garantías laborales estatales, que no tuviera que poner muertos de mi familia, al menos a mis hijos y a mis nietos debo darles esa opción para que crezcan en un país distinto. Otros dirán que la acción responsable es no entregar el país a los comunistas y a los terroristas, que son nuestros mismos paisanos, son hijos de esas familias que han dado hombres para el ejercito del Estado y para las filas de las FARC. Finalmente requerimos que nos permitan pensar por nosotros mismos y evitar al máximo que los empleados de los dueños del poder nos estén repitiendo a toda hora lo que es malo para el pueblo y lo que es bueno para los que siempre se han lucrado y enriquecido con la situación social, política, económica y ambiental de mi país.

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