EL VIAJE DE LAS MADRES DE LAS DELICIAS

Segunda entrega

MILÁN

A las 7 de la noche, después de superar un recodo del río, aparece Milán ante nosotros; todo el pueblo, portando pancartas de bienvenida, está en el puerto esperando  a las Madres de Las Delicias; atracamos y tomamos una deliciosa  gaseosa helada con pan mientras algunas señoras suben a la embarcación con provisiones que habían recolectado con los vecinos; fotos, tomas, entrevistas por doquier por parte de los periodistas afanados por tener material  para enviar a sus medios. Con María Luisa ya sabemos lo  difícil que será comunicarnos cuando hayamos salido de la civilización. Por lo pronto esa noche enviamos nuestro primer informe desde las oficinas locales de Telecom; la telefonía celular aún estaba muy incipiente.

Esa noche será la última en los siguientes 15 días en la cual tendremos una cama para dormir y una buena cena caliente; las señoras del pueblo acogen en sus casas a las madres y a los periodistas en una residencia que aún queda después del auge de la coca porque el ejército tiene retenes en muchas partes de los ríos y eso ha frenado, no solo el narcotráfico, sino la economía en general de todos los caseríos de la zona; a las 8 de la noche ya todos estamos durmiendo porque el viaje se reinicia a las 5 de la mañana y de ahí en adelante no habrá escalas, ni residencias ni nada por el estilo, todo se hará en el Calamar que no se detendrá ni de día ni de noche hasta llegar a la destruida base de Las Delicias;  allí las madres decidirán qué hacer, si continúan el viaje o piden transporte aéreo para regresar a Florencia.

A las cinco de la mañana, entre una espesa niebla de verano y con la compañía de casi todos los habitantes de Milán, abandonamos el pueblo en medio de gritos de suerte y que ojalá encuentren a sus hijos; las matronas de Milán nos despiden con lágrimas y lo propio hacen las madres de Las Delicias; la solidaridad de género ha sellado una amistad indestructible entre estas mujeres.

Los motoristas conocen el río como la palma de sus manos y guían al Calamar con su  gigantesca bandera blanca por una mansa corriente a cuyos lados se asoma el comienzo de la gran selva amazónica; un sol de verano comienza a filtrar sus rayos dorados por entre las escasas nubes que aún lo bloquean y los cantos de las aves mañaneras forman un verdadero concierto que todos apreciamos en silencio, con ese respeto imperturbable que inspira la naturaleza cuando nos regala algo de su belleza inconmensurable.

Uno de los periodistas nacionales nos señala un enjambre de mono bombos en un árbol cuyas ramas acarician el río y de inmediato las cámaras fotográficas y de video comienzan su trabajo hasta que los primates huyen asustados hacia el interior de la selva, más adelante observamos en la orilla una humilde choza y en su embarcadero dos chicos  vigilando una malla dentro del río en la cual tienen encerrados varios peces de buen tamaño, pero entre los peces están dos temblones guacamayos con su orejas amarillas y su peligrosa carga de energía eléctrica que puede derribar a una res de un solo coletazo; los chicos están solos y no se atreven a meterse al agua para recoger la malla; le tienen mucho respeto a aquellas anguilas.

El Calamar sigue su inexorable recorrido mientras una de las madres pasa regalándonos una humeante taza de café con pan, regalo de las señoras de Milán; una de ellas nos dice con picardía…y con esto  hasta el almuerzo que todavía no sabemos qué será y a qué horas será.

Más tarde y cuando ya estaba bien avanzada la mañana, íbamos muy cerca de la orilla izquierda cuando una algarabía terrible nos sorprendió a todos; una manada de mono bombos iban columpiándose por las ramas de los árboles asustados por nuestra presencia; los primates gritaban y chillaban mientras se adentraban en la selva buscando refugio, sobra decir que los periodistas nacionales estaban maravillados, a pesar de sus continuas quejas por las nubes de mosquitos que a todas horas nos acosaban.

A las 10 de la mañana y con el segundo  tinto del día, avistamos una piraña, una embarcación militar que llega  a toda velocidad desde la  cercana base de Tres Esquinas que está ubicada cerca a Solano en la confluencia del Orteguaza y El Caquetá;en medio del natural oleaje que produce la embarcación al acercarse, un oficial nos invita a la base a  desayunar; las madres no quieren saber nada de los militares porque no quieren perder potenciales contactos con la guerrilla para tener noticias de sus hijos,  pero se ponen de acuerdo y le dicen al oficial que arrimarán al muelle para hablar con el Comandante de la base.

Una de las madres nos comenta que ellas no tienen nada contra el ejército y que por el contrario lo admiran, más aún porque forma parte de la  vida de sus hijos, pero tienen claro que si el ejército las sigue en el viaje, será prácticamente imposible establecer contacto con la guerrilla y por ende conocer cómo se encuentran su hijos y qué posibilidades tienen de liberarlos; el amor maternal está por encima de cualquier otra consideración.

A los pocos minutos llegamos a la base y ya el Comandante está en el muelle con sus oficiales y algunos soldados que nos ofrecen gaseosas y galletas que recibimos con agradecimiento mientras una de las madres, Angelita,desde El Calamar se dirige al Comandante en estos términos:

Comandante, nosotras venimos por nuestros hijos, no nos interesan para nada las órdenes que usted y sus compañeros tengan; solo le pedimos que aleje de los ríos a la tropa para poder hablar con la guerrilla y tener noticias de nuestros muchachos; la presencia militar es un peligro para todos, gracias por el desayuno pero no lo aceptamos, las gaseosas si porque las necesitamos, pero le rogamos que aleje sus pirañas y su gente de nosotros, hemos visto a los soldados seguirnos desde las riberas del río ocultándose para que no los veamos; por favor retírelos,  déjenos hacer lo nuestro que es buscar a nuestros hijos;  hasta luego y que el Señor nos proteja a todos. Acto seguido El Calamar comienza a alejarse del muelle mientras el Comandante de la base y los oficiales tratan inútilmente de convencer a las madres que acepten su invitación.

Ese día me fijé por primera vez en Angelita; es una mujer pequeñita, de mediana edad, algo así como 50 años, analfabeta, con unos ojillos vivaces que nunca están quietos y un rostro de yo no fui que sabe administrar inteligentemente dando a entender que no es capaz de  matar una mosca ocultando así un carácter decidido que solo muestra cuando es estrictamente necesario.

En varias oportunidades me senté a su lado cuando ella iba a la proa a pelar plátanos o a lavar la punta de la bandera que seguido se enlodaba con el piso de la embarcación; respondía mis preguntas con monosílabos que parecían salir de los inquietantes movimientos de sus ojos entrecerrados y cuando me sostenía la mirada por algunos segundos, era para enfatizar sobre su decisión de no volver a Florencia sin su hijo, el cual era el único motivo de su existencia.

El viaje continúa lentamente y lentamente vemos pasar las playas abarrotadas de garzas de todos los colores,  algunos pescadores con sus redes y sus cuerdas y a eso de las 11 de la mañana  nos acercamos a Solano, el municipio más grande de Colombia en extensión y más alejado de Florencia, capital del Caquetá; decenas de canoas, pequeños yates y voladoras nos salen al encuentro con el ulular de sus sirenas; un viento agradable acaricia nuestros rostros y hace flamear orgullosa nuestra hermosa bandera  blanca; sentimientos inenarrable de angustia y felicidad se acomodan en nuestras almas al ver que todo el pueblo está en el puerto con pancartas que tienen  leyendas que abogan por la liberación de los héroes de Las Delicias…Dos grandes helicópteros militares aterrizan en momentos en que nuestra embarcación atraca en el  muelle para recibir los saludos de los lugareños y continuar el viaje.

Los periodistas iniciamos nuestro trabajo de entrevistas con las autoridades locales los ciudadanos y las madres de Las Delicias, mientras los militares de los helicópteros casi vacíos, se acercan para ofrecernos su ayuda si queremos regresar a Florencia, ofrecimiento que aceptan gustosos los periodistas con excepción de los dos con María Luisa; todos quieren cupo en las aeronaves para volver a Florencia y los militares aceptan gustosos  sus solicitudes porque como es apenas natural, no les conviene tanta publicidad sobre el viaje de las madres; los soldados llevan alrededor de 8 meses secuestrados, durante ese tiempo ellos han tratado de rescatarlos y hasta ahora nada han logrado; si las madres logran su objetivo, ellos no quedarían muy bien parados.

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