Caquetá: un paraíso de verdura, oxígeno y luz

foto. Cesar A. Vargas P.

 A las cinco de la mañana salimos de Florencia hacia el aeropuerto en bicicleta; íbamos cuatro alegres amigos con el ánimo de disfrutar el aire mañanero y hacer un poco de ejercicio, todo parecía estar dentro de lo normal pero…

Al pasar el aeropuerto rumbo a Puerto Arango, un cielo semi claro con pinceladas rojizas y azules despertó nuestra admiración mientras que llenábamos los pulmones de un aire increíblemente puro, verdaderamente nos tragábamos la frescura de la mañana con ese oxígeno delicioso que se incrustaba en los alvéolos de nuestros pulmones y nos llenaban de vida produciéndonos una sensación infinita de alegría que no podíamos definir.

A lado y lado de la carretera, el verde esmeralda de una campiña atiborrada de pequeños diamantes de rocío, parecía un enorme retazo de vida al medio de una inmensidad ilímite de tierra, en la cual aún no se definía el comienzo de la enorme cordillera que circunda esta parte de Florencia; era como si estuviéramos transitando por un paisaje llanero en donde el seco pavimento, era apenas un hilo de progreso incrustado en el lomo del comienzo de la enorme amazonía.

Seguimos pedaleando alelados con la belleza de ese entorno mágico que nos rodeaba, pasamos por las “cachameras”, estanques piscícolas en donde algunos campesinos trabajan mientra otros poco a poco, con machete al cinto, salían para sus sitios de trabajo silbando esas tonadas de amor que saben a campo, a guarapo fresco, a canto mañanero, a tiple tocado por manos endiosadas, a esa tierra divina y hermosa que es el Caquetá.

Y a eso de las 6 de la mañana llegamos al nuevo puente sobre el río San Pedro, una enorme estructura metálica que orgullosa se levanta sobre las espaldas de esa preciosa corriente de agua en donde la espuma, el torbellino y el verde de todos los colores, se confunde con ese cielo inmensamente azul que saludaba nuestra llegada.

Esa fue apenas una parte de nuestro paseo, una preciosa muestra de la belleza inverosímil que tiene nuestro departamento, un retazo de vida colgado del piedemonte de la cordillera oriental como un aviso de vida que grita al cielo que necesita que la dejen seguir viviendo, que la dejen que pueda continuar regalándonos ese oxígeno que tanto necesitamos, una tierra única que no quiere ser hollada por la daga asesina del extractivismo petrolero, un paraíso de verdura, luz y oxígeno como pocos aún quedan en la tierra.

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